El mandato, los mandantes y los “mangatarios”.

Esto de las etimologías tiene un especial encanto, aunque sólo sea porqiue conocer el significado original de las palabras ayuda a comprender la realidad.
Etimológicamente, la palabra mandato procede del latín (manus datio), que hace referencia a un contrato que tuvo su origen en la amistad. Dos personas se daban la mano y ya estaba celebrado el contrato.
El Derecho Romano (tan olvidado ahora) sigue vigente a través del nuestro propio; de ahí que el Código Civil defina el contrato de mandato como aquel por el cual “una persona se obliga a prestar algún servicio o hacer alguna cosa, por cuenta o encargo de otra“.

Las partes contratantes son dos: el mandante, quien, por confianza, ordena hacer cumplir a otro lo que desea se haga; y el mandatario, quien acepta el encargo (la orden) y se obliga a cumplirlo lo mejor posible.

En política ocurre igual, pero un poco al revés: el mandato se deposita en la urna para que se lleve a efecto un encargo (programa) que no confecciona el mandante (quien deposita el voto y manda), sino el futuro mandatario.
Pero, ¡ay!, casi todo se desvirtúa en política y, así, hemos llegado a creer que el mandatario es quien manda cuando, en realidad, quien debe –debería- mandar es el mandante: esto es, el Pueblo (bella palabra) o, ahora, “la gente” (cuya segunda acepción, según el DRAE, es repelente).

Nuestros mandatarios, por tanto, no son quienes mandan, pues son simples mandados. Se pongan como se pongan, es así. Ocurre, sin embargo, que la corrupción del lenguaje hace estragos y, por su culpa, nuestros políticos nos han hecho creer que quienes MANDAN son ellos, a pesar de que el encargo lo realizan los ciudadanos.
Por eso de la corrupción lingüística apareció, en política, lo que servidor denomina el “mangatario”, que es quien, siendo puro y simple mandado, se cree que manda y que su cometido está por encima y al margen del encomendado por la ciudadanía.

Siendo así las cosas, cuando una persona llega al hastío, al cansancio o a la desesperanza al comprobar que quien debe cumplir la orden hace de su capa un sayo y gobierna mal o lo hace con desgana o pasividad o con cobardía, es normal que ese ciudadano exija responsabilidades al comprobar que el político de turno es simple y detestable “mangatario”: el que hurta y roba la esencia de la obligación que impone el mandato político que recibió.

Por eso, cuando un ciudadano (mandante) exige la dimisión de una Corporación Municipal en pleno porque ha llegado a la convicción de que está compuesta por “mangatarios”, su opinión debe ser respetada, por ser respetable por sí misma, y más si se fundamenta en las pruebas que ofrecen la negligencia, la falta de diligencia y hasta la cobardía de sus “representantes”.

Por tal motivo, servidor casi sería del parecer siguiente, aunque pudiera parecer un imposible: todos los grupos municipales del Ayuntamiento de Talavera de la Reina deberían irse. La razón es obvia: han sustraído la esencia del mandato que recibieron en las urnas conforme a sus propias previsiones y promesas (programa).

En el Ayuntamiento de Talavera de la Reina, unos (los del equipo de gobierno) y otros (los de la oposición) deberían poner los pies en polvorosa, dimitir de sus cargos y dedicarse a otros menesteres, una vez queda constatado que, día tras día, no luchan por su ciudad, sino que sólo se mueven, unos, para silenciar las propuestas de los grupos municipales minoritarios y, otros, para afear las conductas de la mayoría artificial conseguida por quien ostenta el bastón de mando.

Creo que es sentir extendido el que entiende que los ciudadanos-mandantes estamos dejados de la mano de estos dioses menores (“mangatarios”) que, pese a estar obligados a rendir cuentas diariamente de su gestión, lo hacen al final de cada legislatura porque al final… todo se olvida.

El paro en Talavera de la Reina, la limpieza de sus calles, la formación de sus jóvenes, las deficientes infraestructuras existentes, la sanidad, los servicios sociales, etcétera se mantienen mal y por pura inercia y “de aquella manera” por culpa de unos y otros grupos municipales. Los intereses de la ciudad –los de sus ciudadanos- no están siendo defendidos porque esos grupos no luchan. A las pruebas me remito.

Tal vez, por eso, todos deberían largarse, mejor antes que después, aunque haya que dejar el Ayuntamiento en manos de la Providencia o en las garras de una especie de rara y novedosa Gestora municipal.

Javier Ramos – SOS Talavera      

FOTO: EUROPAPRESS           

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